Tuesday, March 31, 2015

Liderazgo de Transición en la Habana:Trabajando con los Militares Cubanos

El siguiente artículo apareció en POLITICO Magazine el 17 de marzo de 2015. Traducción gracias a Gualdo Hidalgo, director ejecutivo de Latin News Agency.

En la exitosa película de 1992, A Few Good Men (Algunos hombres buenos),  Jessup, el coronel ficticio de Jack Nicholson declara: "Yo desayuno a 300 metros de 4.000 cubanos entrenados para matarme." Los oficiales cubanos que conocí nunca me dieron  esa impresión. Como ex representante del Departamento de Estado en las negociaciones con los militares cubanos, puedo decir que nuestras discusiones fueron típicamente agradables y constructivas. Y hoy, la iniciativa del presidente Barack Obama para normalizar las relaciones con La Habana ha presentado a los Estados Unidos con una perspectiva verdaderamente alucinante: Nuestro socio más confiable en esa isla por largo tiempo aislada probablemente serán las Fuerzas Armadas Revolucionarias, la institución militar de Cuba.

Y pronto  estarán haciendo un montón de dinero. 

El Partido Comunista de Cuba puede que sea el liderazgo político del país, pero es visto cada vez más como un anacronismo por la población, y después de que Fidel Castro, 88, y Raúl Castro, de 83 años, salgan de la escena, el Partido puede que lo haga también. La legislatura de Cuba, la Asamblea Nacional del Poder Popular, es un sello de goma apéndice del partido y del mismo modo tenido en baja estima popular. Las agencias civiles han demostrado ser ineptas y escleróticas en la gestión de los programas de gobierno. El poderoso Ministerio del Interior es ampliamente temido como el instrumento burdo de la opresión, pero también es probable que sea barrido finalmente por la marea del cambio. Y más de medio siglo de gobierno de partido único autoritario ha atrofiado la sociedad civil y mantenido la Iglesia Católica controlada.

Quedan las FAR. Bajo el liderazgo de Raúl Castro desde 1959, hasta que relevó a su hermano Fidel como presidente en 2006, el actual aparato militar de 60.000 efectivos es ampliamente considerado como la entidad oficial de Cuba más estable y mejor administrada. Por otra parte, nunca han sido llamadas a disparar contra o suprimir a los ciudadanos cubanos, incluso durante las llamadas protestas del Maleconazo en 1994, y la mayoría de los observadores creen que las FAR rehusarían cualquier orden de hacerlo.

El autor da la mano al general de brigada Carlos Pérez y Pérez,
de las FAR,  Ejército Oriental
Durante años, nuestras conversaciones con las FAR se han centrado en la cooperación en cuestiones prácticas: evitación de tensiones a lo largo de las 17 millas del perímetro de la Base Naval de Guantánamo; colaboración en la prevención y extinción de incendios y establecimiento de acuerdos para el regreso de los ciudadanos cubanos recogidos en el mar mientras intentaban escapar de su país. En contraste con nuestros intercambios rígidos con los norcoreanos en Panmunjom, estos encuentros mensuales suelen ser productivos, constructivos y afables.

Ahora pudieran ser históricos. Y para las FAR, lucrativos. De hecho, los estadounidenses que viajen a Cuba en los próximos años probablemente estarán apuntalando el balance final de los militares cubanos. Hoy en día, los oficiales superiores de las FAR están a cargo de la producción de azúcar, el turismo, importación-exportación, tecnología de la información y las comunicaciones, la aviación civil y la producción de puros. Se estima que al menos el 60 por ciento de la economía de Cuba y el 40 por ciento de los ingresos en divisas están en manos de los militares y que el 20 por ciento de los trabajadores están empleados por la compañía matriz de las FAR, GAESA. Los turistas degustando un mojito en la playa de Varadero, volando a los exuberantes complejos turísticos en los cayos de Cuba, visitando lugares de interés histórico, disfrutando la gastronomía en un hotel de cinco estrellas o prendiendo un Cohíba después de una de esas comidas están contribuyendo inconscientemente a las arcas de la Fuerzas Armadas Revolucionarias y el gobierno comunista por una suma de varios miles de millones de dólares al año. Parte de esta infusión en divisas ha alimentado la corrupción dentro de las FAR. No obstante, cuando el embargo de Estados Unidos finalmente se levante, las empresas estadounidenses interesadas en invertir en Cuba tendrán que asociarse con empresas bajo el control de los militares cubanos. De ello se desprende, por tanto, que el gobierno de Estados Unidos necesitará comprometerse ampliamente con las FAR en cuestiones económicas y comerciales, así como políticas y militares. El ex analista de la CIA Brian Latell cree que será más fácil tratar con las pragmáticamente orientadas FAR que con la vieja guardia de líderes civiles.

Las FAR es la institución cubana más demográficamente representativa, también, tradicionalmente un vehículo para los campesinos pobres y jóvenes negros para avanzar ellos mismos. Durante mi tiempo en "la Línea", el coronel de color al mando de la Brigada de Defensa Fronteriza (la punta de lanza del enemigo percibida por el coronel Jessup) era uno de esos soldados. Aunque es difícil de evaluar, las FAR generalmente parecen ser respetadas por los cubanos. Ninguna otra institución podrá realizar a través de políticas lo que un comando militar unificado y disciplinado no apoye. Por tanto, el ejército cubano es el gorila de 800 libras en La Habana, una institución con la que Washington tendrá que trabajar mucho más allá de la era post Castro. " Después que Castro muera o quede incapacitado, los generales o bien dominarán un sucesor del régimen pretoriano o, como los militares en los antiguos países comunistas de Europa del Este, serán los cómplices voluntarios de la desaparición del marxismo", según Latell.

La caída de Cuba en desgracia con Moscú tras la desaparición de la Unión Soviética y el fin de los subsidios de ese país obligó al entonces ministro de Defensa Raúl Castro a reemplazar el estilo soviético de las FAR de sistema de planificación y mando centralizados con los métodos de gestión y contabilidad occidentales. Envió a algunos de los oficiales más brillantes de las FAR a Europa y América Latina para entrenamiento en prácticas de negocios capitalistas, creando los nuevos cuadros de “soldados tecnócratas" para administrar las crecientes empresas de producción militar de las FAR. Después de asumir la presidencia en 2006, Raúl amplió aún más el papel de los militares tanto en la esfera política como en la económica. El Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros está dominado por los militares, mientras que ocho de los 27 ministerios del gobierno están dirigidos por oficiales de las FAR en servicio activo o retirados. La mitad del Buró Político del Partido Comunista está compuesta por individuos con antecedentes militares.

El fin de los subsidios soviéticos también condujo a las FAR a expandirse en actividades no-militares relacionadas con la economía con el fin de ayudar a pagar los gastos de defensa, así como para financiar la parte civil del gobierno. Ha centrado sus esfuerzos en tres sectores clave: la agricultura, la manufactura y el turismo. Por consiguiente, muchos oficiales de alto rango de las FAR en servicio activo y retirados se han convertido en "soldados empresarios", i.e., hombres de negocios de verde olivo a cargo de las grandes industrias, generadoras de divisas, todas controlados por GAESA, encabezada por el yerno de Raúl, Luis Alberto Rodríguez, un general de brigada que habla Inglés con un acento impecable de la clase alta británica.

Los turistas degustando un mojito en la playa de Varadero, volando a los exuberantes complejos turísticos en los cayos de Cuba… están contribuyendo inconscientemente a las arcas de la Fuerzas Armadas Revolucionarias y el gobierno comunista por una suma de varios miles de millones de dólares al año. 

Afortunadamente, Washington ha estado tratando con las FAR desde hace años, trascendiendo administraciones Republicanas y Demócratas, aunque limitado a ciertas áreas funcionales bien definidas: la migración, rescate marítimo y aéreo, lucha contra el narcotráfico, respuesta a la contaminación por hidrocarburos y las reuniones cara a cara en la puerta noreste de la Base Naval de Guantánamo. Así como la última ha abierto canales de comunicación entre nuestros dos ejércitos, la participación de la Guardia Costera de Estados Unidos con los cubanos también lo ha hecho. Desde que Washington designó su primer oficial de la Guardia Costera en la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana a finales de los años 90, la cooperación se ha ampliado en una serie de áreas, centrándose en la migración, la lucha contra el narcotráfico y asuntos marítimos. El "especialista en la interdicción de drogas” de la Guardia Costera, de hecho, ha tenido relaciones de trabajo más estrechas con el gobierno cubano que cualquier otro funcionario estadounidense y es frecuentemente invitado por sus homólogos cubanos en viajes relacionados con el trabajo fuera de La Habana, mientras que los diplomáticos estadounidenses están limitados a un  radio 25 millas de la capital. El representante de la Guardia Costera, además, a menudo es abordado por funcionarios cubanos con mensajes no relacionados con su cartera oficial.

Los brigadieres de las FAR que han mantenido las conversaciones en Guantánamo también han tratado en ocasiones ampliar la discusión más allá de cuestiones directamente relacionadas con la base. La razón del sondeo de los militares cubanos a nuestros militares a través de la Guardia Costera y en Guantánamo es doble: intentar poner fin al liderazgo político de Washington y tratar directamente con nuestros servicios uniformados, soldado a soldado - un enfoque un tanto ingenua- y enviar un mensaje subliminal a Washington. Un ex alto diplomático estadounidense que sirvió en La Habana cree que los oficiales de las FAR han buscado una relación más estrecha con sus homólogos militares estadounidenses con el fin de comunicar que con ellos "se pueden tratar de manera constructiva" y que constituyen" una fuerza para la estabilidad".  Al hacerlo, están dibujando una sutil distinción entre los militares de carrera de Cuba y la vieja guardia revolucionaria de Fidel. Si esto es en realidad válido, no hace falta decir que este enfoque tiene la bendición explícita del presidente Raúl Castro, lo que parece contradictorio. Pero Cuba infaliblemente ha demostrado ser un cubo de Rubik de rompecabezas de la política.

El ex diplomático también sospecha que el liderazgo militar cubano está buscando la confianza de Washington con el fin de obtener garantías de que los EE.UU. "no les va a tirar un Irak" a ellos- i.e., estimular el desmantelamiento generalizado de las FAR de venirse abajo el sistema fidelista como sucedió con los antiguos regímenes comunistas de Europa del Este. Al igual que en Irak, tal escenario invitaría al caos.

Un ex alto funcionario de la Guardia Costera de Estados Unidos que mantuvo extensos contactos con funcionarios cubanos me dijo que las FAR es el "centro de gravedad" para influir en la toma de decisiones en La Habana, incluso después de la desaparición de los Castro. Las grandes decisiones, añade, "se toman por el Ministerio de las FAR (MINFAR) no por el Partido Comunista." Él considera que "si los EE.UU. desean influir en las decisiones de La Habana, necesitan establecer una relación con las FAR ahora".

¿Cuál es la mejor manera de proceder? Hasta que los hermanos Castro no salgan de la escena, las realidades políticas del lado estadounidense requieren prudencia. Hasta que llegue el día en que un gobierno más representativo y democrático se establezca en Cuba, Washington no debe ser visto en relaciones acogedoras con el aparato impuesto por Castro. Al mismo tiempo, sin embargo, debe comenzar el proceso de establecer conexiones con los oficiales de las FAR de nivel medio que probable sean protagonistas claves en una Cuba post-Castro. MINFAR es "tanto el centro de la reforma y la oposición a la reforma", según el ex alto oficial de la Guardia Costera. En otras palabras, hay tensión entre bastidores entre oficiales fidelistas de la vieja guardia y los más jóvenes oficiales tecnócratas / empresarios. Curiosamente, la sensibilidad a dicha tensión ha aflorado recientemente. El defensor del régimen,  el  ex espía devenido periodista Percy Alvarado,  escribió en su blog de La Habana que “ya comienzan a aparecer señales innegables dentro de los enemigos de Cuba de usar a nuestras instituciones armadas como posible sujeto de cambio”.

Estados Unidos podría iniciar el proceso de establecer contactos mediante el establecimiento de un vínculo formal entre el Comando Sur de Estados Unidos (SOUTHCOM) y el MINFAR. El jefe de operaciones del Comando Sur (SOUTHCOM), un contraalmirante de la Guardia Costera, debería ser enviado a La Habana para iniciar conversaciones sobre la formalización de la colaboración entre Estados Unidos y Cuba en las siguientes áreas: antinarcóticos, rescate marítimo y aéreo, lucha contra la contaminación de petróleo, seguridad portuaria, las medidas de respuesta a emergencias de cruceros y otros asuntos marítimos. Las "conversaciones de la puerta" de Guantánamo también podrían ampliarse. Deben ser designados para el cumplimiento funcionarios de enlace en ambos lados del rango O-4 a 0-6 "(Ejército / USMC: De mayor a coronel; Marina: De capitán de corbeta a capitán de navío)".  El intercambio de agregados de defensa y la invitación a oficiales cubanos para estudiar en escuelas de guerra estadounidenses debe ser diferidos hasta el período post-Castro y el nombramiento de embajadores.

Los Estados Unidos tienen una historia decididamente accidentada tratando con regímenes dominados por militares en todo el mundo. Por lo que es vital que Washington proceda con gran cuidado y previsión al comenzar a establecer puentes con los militares de Cuba si esperan poder algún día dirigir esa nación hacia la democracia y la participación constructiva.

James Bruno, escritor y ex diplomático de EE.UU. Es autor de Havana Queen.

Tuesday, March 17, 2015

Leadership Transition in Havana: Working with Cuba's Military



The Cuban military is the 800-pound gorilla in Havana and we'll need to deal with it. Following is my article on this topic in POLITICO Magazine:

In the hit 1992 movie A Few Good Men, Jack Nicholson’s fictional Colonel Jessup famously declares: “I eat breakfast 300 yards from 4,000 Cubans who are trained to kill me.” The Cuban officers I met never gave me that impression. As the State Department’s former representative to negotiations with Cuba’s military, I can tell you that our discussions were typically convivial and constructive. And today, President Barack Obama’s initiative to normalize relations with Havana has presented the United States with a truly mind-boggling prospect: Our most reliable partner on that long-isolated island is probably going to be the Fuerzas Armadas Revolucionarias, Cuba’s military establishment.

And soon they’re going to be making a lot of money.

The Communist Party of Cuba may constitute the country’s political leadership, but it is seen increasingly as an anachronism by the population, and after Fidel Castro, 88, and Raúl Castro, 83, pass from the scene, the party may too. Cuba’s legislature, the National Assembly of People’s Power, is a rubber stamp appendage of the party and likewise held in low popular esteem. Civilian agencies have proven inept and sclerotic in managing government programs. The powerful Ministry of Interior is widely feared as the blunt instrument of oppression, but it too is likely to be swept aside eventually by the tide of change. And more than a half-century of authoritarian single-party rule has stunted civil society and held the Catholic Church in check.

This leaves the FAR. Under Raúl Castro’s leadership from 1959 until he succeeded brother Fidel as president in 2006, the now 60,000-strong military has been widely considered to be Cuba’s best managed and stablest official entity. Furthermore, it has never been called upon to fire on or suppress Cuban citizens, even during the so-called Maleconazo protests in 1994, and most observers believe the FAR would refuse any orders to do so.

For years our discussions with the FAR have focused on cooperating on practical matters: avoiding tensions along Guantánamo Naval Base’s 17-mile perimeter, collaborating on firefighting and
I greet a Cuban general at GTMO's N.E. Gate
working out arrangements for the return of Cuban citizens who were picked up at sea while trying to escape their country. In contrast with our stiff exchanges with the North Koreans at Panmunjom, these monthly encounters tend to be productive, constructive and amiable.

Now they could be historic. And for the FAR, profitable. Indeed, Americans flocking to Cuba in years ahead will likely be shoring up the Cuban military’s bottom line. Today, senior FAR officers are in charge of sugar production, tourism, import-export, information technology and communications, civil aviation and cigar production. It is estimated that at least 60 percent of Cuba’s economy and 40 percent of foreign exchange revenues are in the hands of the military and that 20 percent of workers are employed by the FAR’s holding company, GAESA. Tourists sipping a mojito at Varadero beach, flying by commuter to lush resorts in the Cuban keys, visiting historic attractions, enjoying the cuisine at a five-star hotel or lighting up a Cohiba after one of those meals are unconsciously contributing to the coffers of the Fuerzas Armadas Revolucionarias and the communist government to the tune of several billion dollars a year. Some of this hard-currency infusion has fed corruption within the FAR. Nonetheless, when the U.S. embargo is eventually lifted, American companies interested in investing in Cuba will need to partner with enterprises under the control of the Cuban military. It follows, therefore, that the U.S. government will need to broadly engage with the FAR on economic and trade as well as political and military matters. Former CIA Cuba analyst Brian Latell believes the pragmatic-oriented FAR will be easier to deal with than the old-guard civilian leaders.

The author shakes hands with Brig. Gen. Carlos Perez y Perez, FAR Commander of the Eastern Military District, in 1996. | Photo courtesy of James Bruno

The FAR is the most demographically representative Cuban institution as well, traditionally a vehicle for rural poor and black young men and women to advance themselves. During my time on “the Line,” the Afro-Cuban colonel commanding the Border Defense Brigade (the spearhead of Col. Jessup’s perceived nemesis) was one such soldier. Though difficult to gauge, the FAR appear generally to be held in respect by Cubans. No other institution will be able to force through policies that a unified and disciplined military command will not support. The Cuban military therefore is the 800-pound gorilla in Havana, an institution Washington will need to work with well past the Castro era. “The generals will either dominate a praetorian successor regime after Fidel Castro dies or is incapacitated, or, like the militaries in the former communist countries of Eastern Europe, be the willing accomplices in the demise of Marxism,” according to Latell.

Cuba’s falling-out with Moscow following the demise of the Soviet Union and the end of that country’s subsidies impelled then-defense minister Raúl Castro to replace the FAR’s Soviet-style centralized planning and command system with Western-style management and accounting methods. He sent some of the FAR’s brightest officers to Europe and Latin America for training in capitalist business practices, creating a new cadre of “technocrat soldiers” to manage the FAR’s growing military production enterprises. After assuming the presidency in 2006, Raúl further expanded the military’s role in both the political and economic spheres. The Council of Ministers executive committee is dominated by military men, while eight of the government’s 27 ministries are led by active duty or retired FAR officers. Half of the Communist Party’s Politburo comprises individuals with military background.

The end of Soviet subsidies also led the FAR to expand into non-military-related economic activities in order to help pay for defense outlays as well as to fund the civilian side of government. It has focused its efforts on three key sectors: agriculture, manufacturing and tourism. Many high-ranking active and retired FAR officers subsequently have turned into “entrepreneur soldiers,” i.e., olive-drab businessmen in charge of large, hard-currency-earning industries, all controlled by GAESA, headed by Raúl’s son-in-law, Luis Alberto Rodríguez, an Army brigadier who speaks English with an impeccable upper-class British accent.

Fortunately, Washington has been dealing with the FAR for years, transcending Republican and Democratic administrations, albeit confined to certain well-defined functional areas: migration, sea-air rescue, counternarcotics, oil pollution response and the face-to-face meetings at Guantánamo Naval Base’s northeast gate. Just as the latter has opened channels of communications between our two militaries, U.S. Coast Guard involvement with the Cubans has as well. Since Washington posted its first Coast Guard officer to the U.S. Interests Section in Havana in the late ’90s, cooperation has broadened in a range of areas, focusing on migration, counternarcotics and maritime issues. The Coast Guard “drug interdiction specialist,” in fact, has had closer working relations with the Cuban government than any other American official and is frequently invited by his Cuban counterparts on work-related trips outside of Havana while U.S. diplomats are confined to a 25-mile radius of the capital. The Coast Guard representative, furthermore, is often approached by Cuban officials with messages unrelated to his official portfolio.

The FAR brigadiers who have conducted the Guantánamo talks likewise have sought on occasion to expand the discussion beyond issues directly related to the base. The reason for the Cuban military’s probing our military via the Coast Guard and at Guantánamo is twofold: to try to end-run Washington’s political leadership and make inroads directly with our uniformed services, soldier-to-soldier—a rather naive approach—and to send a subliminal message to Washington. A former senior U.S. diplomat who served in Havana believes FAR officials have sought closer rapport with their American military counterparts in order to communicate that they “can be dealt with constructively” and “are a force for stability.” In doing so, they are drawing a subtle distinction between Cuba’s career military and the old revolutionary guard of Fidel. If this indeed is valid, it goes without saying that such an approach has President Raúl Castro’s explicit blessing, which would seem contradictory. But Cuba unerringly has proven to be a Rubik’s cube of policy puzzles.

The former diplomat also suspects the Cuban military leadership is seeking Washington’s trust so as to obtain assurances that the U.S. “will not pull an Iraq” on them—i.e., encourage the wholesale dismantling of the FAR should the fidelista system come crashing down, as happened with the former communist regimes in Eastern Europe. As in Iraq, such a scenario would invite chaos.

A former senior U.S. Coast Guard officer who has had extensive dealings with Cuban officials told me that the FAR is the “center of gravity” for influencing decision-making in Havana, including after the Castros are gone. The big decisions, he adds, “are being made by the Ministry of the FAR (MINFAR) as opposed to the Communist Party.” He observes that “if the U.S. wants to influence decisions in Havana, it needs to start building a relationship with the FAR now.”

What is the best way to proceed? Until the Castro brothers depart the scene, political realties on the U.S. side dictate caution. Until the day arrives when a more representative and democratic government is established in Cuba, Washington must not be seen as cozying up to the Castro-imposed apparat. At the same time, however, it must begin the process of establishing connections with those mid-level FAR officers who are likely to be key players in a post-Castro Cuba. MINFAR is “both the center of reform and the opposition to reform,” according to the ex-Coast Guard senior officer. In other words, there is tension behind the scenes between old-guard fidelista officers and younger technocrat/entrepreneur officers. Interestingly, sensitivity to such tension has recently surfaced. Regime-boosting ex-spy-turned-journalist Percy Alvarado blogged from Havana that “now undeniable signals are beginning to appear among Cuba’s enemies to use our armed institutions as a possible subject of change.”

The United States could start the process of building contacts by establishing a formal link between the U.S. Southern Command and MINFAR. Southcom's chief operations officer, a Coast Guard rear admiral, should be sent to Havana to open discussions on formalizing U.S.-Cuban collaboration in the following areas: counternarcotics, sea-air rescue, oil pollution response, port security, cruise ship emergency-response measures and other maritime matters. The Guantánamo “gate talks” could also be broadened. Liaison officers on both sides at the O-4 to O-6 ranks (Army/USMC: major-to-colonel; Navy: lieutenant commander-to-captain) should be designated to carry through. The exchange of defense attachés and inviting Cuban officers to study at U.S. war colleges should be deferred until the post-Castro period and the appointment of ambassadors.

The United States has a decidedly checkered history of dealing with military-dominated regimes around the world. So it’s vital that Washington proceed with great care and foresight in beginning to build bridges with Cuba’s military if it hopes to be able one day to steer that nation toward democracy and constructive engagement.